La conferencia incluyó paneles sobre las tendencias políticas y económicas que están transformando las relaciones internacionales, el creciente papel de China en el hemisferio occidental y en otras regiones, y las implicaciones de estos cambios para América Latina y el Caribe.
El nuevo orden político: una perspectiva desde diferentes partes del mundo
El primer panel, titulado “El nuevo orden político: una perspectiva global”, reunió a Joel Hellman, decano de la Escuela de Servicio Exterior Edmund A. Walsh de la Universidad de Georgetown; Manuel Muñiz, vicerrector de la IE University; y Daniel Byman, profesor del Departamento de Gobierno de Georgetown. La sesión fue moderada por Amna Nawaz de PBS NewsHour. Los panelistas analizaron el panorama global en constante cambio, haciendo hincapié en el debilitamiento de las normas democráticas, la intensificación de la competencia geopolítica y los desafíos que enfrentan los Estados para gestionar las transformaciones tecnológicas y sociales.
Erosión de la democracia y auge de la fragmentación
Hellman planteó que el orden político global está experimentando una profunda transformación impulsada por presiones tanto internas como internacionales. Subrayó que el retroceso democrático ya no es una tendencia aislada confinada a las democracias emergentes, sino que también se está produciendo en países desarrollados, socavando así la credibilidad de las instituciones liberales en todo el mundo. Según Hellman, el debilitamiento de las normas democráticas coincide con un momento en que la cooperación global es más necesaria que nunca para abordar desafíos transnacionales como la migración, el cambio climático y la disrupción tecnológica. Destacó que estas vulnerabilidades democráticas están reconfigurando las alianzas geopolíticas y creando oportunidades para que actores antiliberales ejerzan su influencia.
Hellman criticó la narrativa actual que califica la competencia entre las grandes potencias como una «Guerra Fría 2.0». Para él, la nueva competencia entre China y Estados Unidos no guarda similitudes con la Guerra Fría anterior, ya que no existen diferencias verdaderamente distintivas en la organización de sus economías ni en sus perspectivas ideológicas a nivel mundial. Hellman señaló que este debate actual está poniendo en peligro lo que considera más importante: el intento de construir sistemas políticos, ideológicos y de seguridad que se adapten a los cambios en las relaciones económicas que se han producido con el tiempo.
Hellman también abordó el surgimiento del activismo de las potencias medianas como una característica definitoria del momento actual. Los países de África y el sur de Asia están adoptando cada vez más estrategias de diversificación en lugar de alinearse firmemente con un solo bloque. Esto ha acelerado la transición hacia un sistema multipolar más fragmentado e impredecible.
“La antigua Guerra Fría no se basaba en un sistema económicamente integrado. Si bien ahora existen diferencias ideológicas y políticas, todas se fundamentan en una interconexión subyacente de relaciones económicas. Esto significa que estos sistemas no son circuitos separados, sino que están profundamente integrados.” - Joel Hellman
Tensión institucional y gobernanza en la era tecnológica
Muñiz argumentó que Europa atraviesa uno de los periodos más trascendentales de las últimas décadas, a medida que el sistema internacional continúa fragmentándose. Explicó que el proyecto europeo, basado en la globalización, la profunda interdependencia y las sólidas instituciones multilaterales, se ve ahora sometido a una gran presión debido a los cambios en el comercio, la seguridad y la gobernanza global. En el ámbito económico, Muñiz destacó que Europa depende mucho más del comercio mundial que Estados Unidos, con cerca del 90% de su PIB vinculado a los flujos internacionales. A medida que el comercio global se regionaliza y las cadenas de suministro se reorganizan, Europa se enfrenta a una mayor vulnerabilidad. También señaló las crecientes brechas entre Europa y Estados Unidos en productividad, innovación e inversión en sectores de vanguardia, describiendo estas tendencias como un dilema fundamental que obligará a Europa a decidir entre una mayor integración o una pérdida gradual de competitividad.
En materia de seguridad y defensa, Muñiz destacó la tendencia a largo plazo de la disminución de la participación estadounidense en Europa. Argumentó que una posible retirada de Estados Unidos aumentaría drásticamente el costo de la falta de integración, obligando a los estados europeos a asumir una mayor responsabilidad en su propia defensa. Si bien los miembros de la UE gastan colectivamente casi 400 mil millones de euros al año en defensa, subrayó que estos recursos están fragmentados y a menudo se asignan de forma ineficiente. Para Muñiz, este momento exige que Europa gaste de forma más inteligente y avance hacia un marco de seguridad más coherente y compartido.
Finalmente, Muñiz señaló el debilitamiento de las instituciones multilaterales, particularmente debido a la reducción del apoyo estadounidense a las Naciones Unidas. Advirtió que la erosión de la provisión de bienes públicos globales representa un desafío importante para Europa y plantea la cuestión de si la UE está preparada para cubrir las brechas que están surgiendo. De cara al futuro, describió dos posibles escenarios: uno de fragmentación, impulsado por movimientos políticos euroescépticos que debilitarían el mercado único y paralizarían la política exterior y de seguridad; o uno de integración renovada, que permitiría a Europa consolidarse como un actor económico y geopolítico relevante. Si bien persisten las incertidumbres, Muñiz expresó un optimismo cauteloso respecto a la posibilidad de que Europa elija este último camino.
Seguridad, capacidad estatal y el papel de los actores no estatales
Byman argumentó que Estados Unidos está aplicando cada vez más la etiqueta de contraterrorismo a los desafíos de seguridad en las Américas —especialmente en México y Venezuela— de maneras que no se corresponden con la realidad sobre el terreno. Sugirió que este enfoque sirve principalmente como una señal política interna, permitiendo a los líderes estadounidenses mostrarse firmes en temas como la inmigración y el narcotráfico. Si bien reconoció que las políticas antiterroristas posteriores al 11-S contribuyeron a debilitar significativamente a grupos como Al-Qaeda y el Estado Islámico, Byman sostuvo que extender estas herramientas a las organizaciones criminales es un error. La naturaleza fragmentada y especializada de las redes de narcotráfico actuales, señaló, implica que atacar a sus líderes tiende a aumentar la competencia y la violencia en lugar de desmantelar las operaciones.
Byman también advirtió sobre los riesgos más amplios de adoptar un enfoque militarizado. Las bajas civiles, la posible reacción nacionalista y el largo historial de intervenciones estadounidenses en América Latina hacen que este tipo de estrategias sean peligrosas tanto en el ámbito político como en el diplomático. Subrayó que las respuestas efectivas dependen, en cambio, de la cooperación con los gobiernos y las comunidades locales —mediante el intercambio de inteligencia, la coordinación policial y el fortalecimiento institucional— en lugar de acciones militares. En su opinión, calificar las amenazas criminales regionales como terrorismo socava, en última instancia, las alianzas necesarias para cualquier estrategia de seguridad sostenible.
Debate: Fragmentación, disrupción tecnológica y los límites del liderazgo estadounidense
Durante el debate, los panelistas coincidieron en que el sistema internacional actual está configurado menos por una clara rivalidad bipolar y más por crisis interconectadas que ponen de manifiesto las limitaciones de las instituciones existentes. Hellman reiteró que el mundo está entrando en una etapa de transición post-hegemónica, en la que ni Estados Unidos ni China están en posición de definir unilateralmente las normas globales. Muñiz amplió este punto sugiriendo que la innovación en la gobernanza, especialmente en lo que respecta a la inteligencia artificial y la regulación digital, requerirá nuevas formas de colaboración multilateral que aún no existen. Byman añadió que la proliferación de grupos armados no estatales complica el análisis geopolítico, haciendo que los modelos tradicionales de competencia entre Estados resulten insuficientes para comprender el riesgo global.
Los panelistas coincidieron en que la característica definitoria del nuevo orden político no es la estabilidad, sino la renegociación constante. Las alianzas cambiarán con frecuencia, las instituciones se adaptarán de forma desigual y la política interna ejercerá una influencia desproporcionada en las decisiones de política exterior. Los panelistas coincidieron en que el nuevo orden político no es un destino fijo, sino un proceso en constante evolución, moldeado por las presiones internas y las rivalidades externas.
La visión del mundo de China: Minxin Pei sobre la competencia entre Estados Unidos y China y sus implicaciones globales
El segundo panel contó con la participación de Minxin Pei, profesor titular de Gobierno (cátedra Tom y Margot Pritzker '72) en el Claremont McKenna College, y Thomas Banchoff, vicepresidente de Asuntos Globales de la Universidad de Georgetown. La sesión analizó cómo China concibe su papel estratégico a nivel global, cómo los líderes chinos, en particular Xi Jinping, interpretan la rivalidad entre Estados Unidos y China, y qué implican estas dinámicas para regiones como América Latina.
El conflicto comercial entre Estados Unidos y China y la naturaleza estructural de la rivalidad
Pei contextualizó la reciente guerra comercial entre Estados Unidos y China dentro de lo que describió como una competencia estratégica a largo plazo. Sostuvo que el intercambio de aranceles entre 2018 y 2019 se asemejó a un "combate de boxeo" en el que ambas partes pusieron a prueba las vulnerabilidades de la otra. En la disputa comercial más reciente, a pesar de la confianza de la administración Trump, Pei cree que los negociadores chinos entraron en la confrontación mejor preparados, tras haber aprendido de disputas anteriores. Según su análisis, Pekín sorprendió a Washington al implementar medidas de represalia más específicas —en particular, amenazas relacionadas con los minerales de tierras raras— de lo que muchos responsables políticos estadounidenses habían previsto.
Aunque ambos gobiernos acordaron detener la escalada, Pei sugirió que las tensiones subyacentes seguían sin resolverse. En su opinión, cada parte aprovechó la pausa para fortalecer sus defensas: Estados Unidos diversificando las cadenas de suministro y reforzando el acceso a minerales críticos, y China preparándose para una futura confrontación en los sectores de software, componentes de aviación y tecnologías de doble uso. Para Pei, esto reforzó su argumento principal de que la competencia entre Estados Unidos y China es ahora estructural e indefinida, extendiéndose más allá del comercio a ámbitos como los semiconductores, la inteligencia artificial (IA) y los estándares globales.
La visión del mundo de Xi Jinping y el cambio en la postura estratégica de China
Pei abordó a continuación la forma en que Xi Jinping interpreta el papel de China en el mundo. Explicó que los líderes chinos han visto durante mucho tiempo a Estados Unidos y a sus aliados occidentales con recelo, convencidos de que pretenden contener el ascenso de China y socavar al Partido Comunista Chino. Sin embargo, Xi se diferencia de los líderes anteriores por su disposición a asumir riesgos. Pei argumentó que Xi llegó al poder en un momento en que el PIB de China había alcanzado casi la mitad del de Estados Unidos, cuando Washington aún se recuperaba de la Gran Recesión de 2008 y cuando Estados Unidos estaba profundamente inmerso en guerras interminables. Este contexto, según Pei, reforzó la convicción de Xi de que el mundo está experimentando cambios sin precedentes en un siglo y que China había entrado en un momento histórico de oportunidad.
Sin embargo, Pei enfatizó que Xi cometió un error de cálculo: sobreestimó el impulso económico de China, subestimó la determinación de Estados Unidos e impulsó una serie de políticas (incluida la militarización del Mar de China Meridional) que provocaron el colapso del consenso de cooperación en Washington, D.C. Según Pei, estas decisiones han sumido a ambos países en una intensa rivalidad estratégica que no se parecerá a una guerra fría tradicional con fases bien definidas, sino más bien a una lucha continua sin un final predeterminado.
Taiwán, la estabilidad regional y los riesgos de un error de cálculo
En cuanto a las cuestiones de seguridad, Pei argumentó que, a pesar de las frecuentes especulaciones en Washington D.C., era poco probable que Pekín lanzara una invasión a gran escala de Taiwán a corto plazo. Describió una invasión como la opción menos deseada por China, dados los enormes riesgos militares, políticos y económicos que implicaría. En cambio, afirmó que Pekín seguía recurriendo a una combinación de señales militares, presión económica y aislamiento diplomático, aunque advirtió que una nueva estrategia de coerción en la zona gris —que incluye bloqueos simulados, sobrevuelos militares cercanos y la posible interrupción de cables submarinos— podría aumentar el peligro de una escalada accidental. Pei enfatizó que lo más probable es que una crisis no surgiera de una agresión deliberada, sino de un error de cálculo en medio de las crecientes tensiones.
China y América Latina: Oportunidades económicas por encima de las ambiciones militares
Pei argumentó que China considera a América Latina principalmente desde una perspectiva económica, más que de seguridad. Explicó que China ve a la región como un socio natural debido a su necesidad de alimentos, minerales y energía, así como a su capacidad excedente en la construcción de infraestructura y la producción de bienes de consumo. Enfatizó que la participación china está impulsada menos por el deseo de desplazar la influencia militar estadounidense que por la búsqueda de mercados y espacio diplomático dentro de lo que Pekín percibe como un orden internacional injusto y dominado por Occidente. Pei afirmó que China no aspira a reemplazar a Estados Unidos como potencia hegemónica mundial, sino a construir un "orden paralelo" que resulte atractivo para aquellas partes del Sur Global que se sienten marginadas por las instituciones existentes.
“Estados Unidos podría conseguir el santo grial, pero sería un sistema único que otros países no podrían replicar. Por lo tanto, China sigue un modelo muy diferente, y todo se reduce a lo que entendemos por el enfoque correcto. De hecho, creo que este enfoque aún no se ha definido adecuadamente”. - Minxin Pei
Inteligencia artificial, tecnología y la carrera por el liderazgo del futuro
Pei concluyó su intervención con una reflexión sobre la carrera global por la inteligencia artificial. Si bien reconoció que Estados Unidos mantiene actualmente una ventaja significativa gracias a su dominio en capacidad de procesamiento, modelos de vanguardia y talento en investigación, enfatizó que el rápido progreso de China, a pesar de los controles de exportación, no debe subestimarse. Describió el cambio de China hacia modelos de código abierto, arquitecturas de bajo consumo computacional y robótica aplicada, impulsado por la necesidad, como una vía alternativa para alcanzar la competitividad. Aunque Pei percibía claros riesgos globales asociados al desarrollo descontrolado de la IA, se mostró pesimista respecto a las perspectivas de cooperación entre Estados Unidos y China, sugiriendo que foros neutrales, quizás en Europa o Corea del Sur, serían escenarios más realistas para el diálogo.
Simon Johnson habla sobre tecnología, desigualdad y el futuro del trabajo en la era de la inteligencia artificial
El discurso principal estuvo a cargo del premio Nobel Simon Johnson, profesor de la Escuela de Administración Sloan del MIT. Las declaraciones de Johnson se centraron en las implicaciones económicas de la inteligencia artificial (IA), su potencial para exacerbar la desigualdad y las lecciones históricas que las sociedades deberían tener en cuenta para afrontar la actual transición tecnológica.
Narrativas contrapuestas sobre la IA
Johnson comenzó describiendo dos narrativas dominantes, aunque opuestas, sobre el impacto futuro de la IA: el tecnooptimismo, que vislumbra extraordinarios aumentos de productividad y un florecimiento humano radical, y el tecnopesimismo, que anticipa una destrucción masiva de empleos y una desestabilización social. Argumentó que ninguno de los dos extremos era analíticamente sólido. En cambio, ofreció una visión más moderada, según la cual la IA constituye un importante cambio tecnológico que modificará los mercados laborales y la productividad, pero sin el drástico auge de la productividad que algunos predicen.
Enfatizó que el desarrollo de la inteligencia artificial se está produciendo en una sociedad ya marcada por décadas de creciente desigualdad. Basándose en las tendencias salariales en Estados Unidos desde la década de 1970, Johnson señaló que el cambio tecnológico y la globalización han beneficiado a los trabajadores con alta cualificación, al tiempo que han reducido las oportunidades para los trabajadores con baja y media cualificación. En su opinión, este contexto estructural hace que la actual ola de inteligencia artificial sea particularmente relevante para la distribución de la riqueza. Johnson recalcó que la tecnología ofrece a las sociedades una opción, subrayando su convicción de que son las instituciones y las políticas, y no la tecnología por sí sola, las que determinan si las sociedades logran resultados inclusivos.
“Siempre será importante reconocer lo que se deriva de todo esto. Se puede decir que, desde la perspectiva del mercado global, lo que inventan unas pocas personas en la costa oeste de Estados Unidos va a transformar el mundo de alguna manera, pero aun así podemos decidir cómo nuestra sociedad y nuestra economía se adaptarán a ello, cómo aprovecharán estas oportunidades y quiénes saldrán beneficiados y quiénes no en esta transformación tecnológica.” - Simon Johnson
Automatización, nuevas tareas y el futuro del trabajo
Johnson dedicó una atención considerable a la dinámica del mercado laboral en relación con la inteligencia artificial. Sostuvo que la automatización, sin duda, reemplazará muchas tareas, especialmente el trabajo administrativo repetitivo en sectores como la administración, el servicio al cliente y la logística. Citando los recientes anuncios de diversas empresas, incluidos los planes de automatización de Amazon, señaló que las empresas pioneras ya están reestructurando sus plantillas de empleados administrativos en torno a las herramientas de inteligencia artificial.
Sin embargo, Johnson enfatizó que los efectos negativos de la automatización no tienen por qué ser predominantes si las sociedades generan simultáneamente nuevas tareas que valoren la experiencia humana. Históricamente, explicó, las grandes transformaciones tecnológicas —desde la aparición de los ferrocarriles hasta las cadenas de montaje fordistas y la producción en masa— crearon tanto desplazamiento de puestos de trabajo como formas de trabajo completamente nuevas. Cuando estas transiciones se combinaron con instituciones laborales sólidas, ampliaron, en lugar de restringir, las oportunidades económicas.
En este contexto, la IA podría, en teoría, mejorar las habilidades de ciertos trabajadores, en particular de aquellos con menos experiencia o con habilidades de escritura y programación más débiles, aunque Johnson advirtió que la evidencia al respecto sigue siendo limitada. También enfatizó que las nuevas habilidades serían esenciales: los trabajadores deberían centrarse en problemas que la IA no puede resolver fácilmente, en tareas centradas en el ser humano y en áreas donde el contexto, la empatía y el conocimiento cultural profundo siguen siendo cualidades exclusivamente humanas.
La desigualdad global y la cambiante escala del desarrollo
En cuanto a las implicaciones internacionales, Johnson argumentó que la IA podría transformar radicalmente las jerarquías económicas mundiales. Históricamente, los países ascendían en la escala del desarrollo aprovechando la mano de obra barata en la manufactura o los servicios. Sostiene que la IA amenaza esta vía al automatizar muchas tareas que antes justificaban la deslocalización de la producción. Johnson enfatizó que los países de América Latina y del Sur global no deberían intentar desarrollar modelos de IA fundamentales —una empresa que requiere un capital y un talento extraordinarios—, sino que deberían desarrollar aplicaciones, filtros y sistemas localizados diseñados para sus propios contextos culturales y lingüísticos.
Destacó la distribución desigual de la innovación, señalando que la producción de conocimiento sigue estando altamente concentrada en Estados Unidos y China. En el caso de Estados Unidos, argumentó que una mayor inversión federal en ciencia, talento e innovación regional, similar a las políticas adoptadas a mediados del siglo XX, sería necesaria para mantener un crecimiento inclusivo.
El surgimiento de un nuevo orden económico
El tercer panel, titulado “El Nuevo Orden Económico”, reunió a un distinguido grupo de economistas: Simon Johnson del MIT; Laura Alfaro, del Banco Interamericano de Desarrollo; Alexia Latortue, ex subsecretaria de Comercio y Desarrollo Internacional del Departamento del Tesoro de Estados Unidos; y Eswar Prasad de la Universidad de Cornell. Moderado por Alejandro Werner, director fundador de GAI, el panel analizó el panorama geoeconómico emergente, marcado por la fragmentación del comercio, el papel cambiante de China en el ámbito global, las tensiones en el sistema multilateral y las fuerzas políticas que están transformando los mercados mundiales.
La fragmentación de la globalización y el surgimiento de un orden de suma negativa
Prasad situó la economía global en lo que denominó una «era de suma negativa». Argumentó que la globalización no ha desaparecido, sino que se ha fragmentado a lo largo de líneas geopolíticas, generando ineficiencias y reforzando la inestabilidad. El comercio, las finanzas y la tecnología ya no son fuentes de prosperidad compartida, sino escenarios de competencia estratégica y de señales políticas. Prasad enfatizó que Estados Unidos, a pesar de sus fortalezas institucionales, se beneficia del dominio del dólar principalmente porque las alternativas son más débiles, no porque su gobernanza esté mejorando. Este desequilibrio permite a Estados Unidos externalizar riesgos, exportando volatilidad con un costo interno limitado.
Prasad también advirtió que las nuevas tecnologías, que en su momento se concibieron como fuerzas igualadoras —la inteligencia artificial, las monedas digitales, las innovaciones en tecnología financiera—, podrían, por el contrario, intensificar la concentración de poder, empoderar a actores malintencionados y profundizar la fragmentación geopolítica. En su opinión, el resultado es un círculo vicioso que se retroalimenta, en el que las crisis económicas, la polarización política y la rivalidad geopolítica se refuerzan mutuamente. Revertir este ciclo es posible, señaló, pero requeriría coordinación y una renovación institucional que el entorno actual no propicia.
La presión sobre las instituciones multilaterales
Latortue centró sus declaraciones en la visible erosión de la arquitectura económica global posterior a la Segunda Guerra Mundial. Identificó tres crisis interconectadas que definen el panorama multilateral actual: la eficacia, la gobernanza y la confianza.
En primer lugar, argumentó que las instituciones globales no están cumpliendo con sus funciones en áreas críticas. Las pérdidas relacionadas con el cambio climático se están acelerando, el endeudamiento afecta ya a la mayoría de los países de bajos ingresos, y la financiación global sigue siendo lenta y mal orientada. Al mismo tiempo, la competencia geopolítica ha alejado a los países del libre comercio y los ha llevado hacia políticas económicas estratégicas y centradas en la seguridad, generando una mayor incertidumbre. En segundo lugar, Latortue destacó una crisis de legitimidad y gobernanza. La representación en las instituciones globales ya no refleja las realidades económicas mundiales, y las potencias emergentes están creando cada vez más estructuras paralelas —nuevos grupos de prestatarios, calificaciones crediticias alternativas e instituciones financieras lideradas por China— lo que evidencia su insatisfacción con el orden existente. En tercer lugar, subrayó la profunda pérdida de confianza que siguió a la pandemia de COVID-19, el acceso desigual a las vacunas y las inconsistencias percibidas en la aplicación de las normas internacionales por parte de las principales potencias. Latortue advirtió que la competencia por los escasos recursos en condiciones favorables —en particular entre las prioridades climáticas y de desarrollo— está impulsando a los bancos multilaterales de desarrollo hacia los países de ingresos medios en detrimento de los más pobres, debilitando aún más la credibilidad institucional.
“Me resulta muy difícil creer que, independientemente del gobierno, vayamos a regresar al escenario económico anterior, y ahora parece que esto sí tiene algunas implicaciones fiscales. La pregunta es si este nuevo sistema de interacciones bilaterales va a crear un nuevo sistema multilateral que sea realmente mejor.” - Laura Alfaro
La fragmentación del comercio y la cambiante geografía de la producción
Alfaro presentó una evaluación basada en datos sobre la reconfiguración del comercio global. Contrariamente a las ideas preconcebidas, argumentó que el mundo no se está desglobalizando, sino que se está reestructurando. Señaló que Estados Unidos comercia más que nunca, pero mucho menos con China. La disminución de la cuota de mercado de China en Estados Unidos —del 22% al 9%— ha sido absorbida principalmente por Taiwán, Corea del Sur, Vietnam, India y, sobre todo, México, que ahora es el principal socio comercial de Estados Unidos.
Alfaro enfatizó que este cambio se debe al margen intensivo —la expansión de las relaciones comerciales existentes— más que a la entrada de nuevos países en las cadenas de suministro globales. La manufactura global sigue concentrada en los mismos 20 países que la dominaban antes de las actuales tensiones geopolíticas. Argumentó que las empresas tuvieron casi una década para anticipar el riesgo político proveniente de China, lo que les permitió diversificarse incluso en sectores con alta dependencia de contratos. Para América Latina, señaló Alfaro, existen oportunidades en minerales críticos y en la relocalización de la producción (nearshoring), pero el dominio de China en procesamiento, tecnología y experiencia en ingeniería complica los esfuerzos para construir industrias nacionales competitivas. La heterogeneidad de la región —y su desigual capacidad institucional— implica que los beneficios se distribuirán de forma asimétrica.
Tecnología, cambios en el sector energético y un futuro incierto para la política estadounidense
Johnson se centró en la tecnología, la energía y la incertidumbre política. Describió dos cambios globales potencialmente transformadores: la rápida disminución de los costos de las energías renovables y los avances en inteligencia artificial y tecnología de almacenamiento. En conjunto, estos factores podrían generar aumentos sin precedentes en la productividad y el acceso a la electricidad, particularmente en África y el sur de Asia. Las innovaciones de China han impulsado gran parte de esta reducción de costos, creando oportunidades para que los países en desarrollo den un salto adelante, siempre y cuando las instituciones y la gobernanza lo permitan.
Sin embargo, Johnson advirtió que las incertidumbres geopolíticas y políticas podrían limitar estos avances. Destacó el impacto de los posibles cambios en la política comercial estadounidense, la probabilidad de una menor inmigración a los países de altos ingresos y la situación fiscal cada vez más precaria de Estados Unidos. Según argumentó, estas dinámicas amenazan con frenar tanto el crecimiento global como la capacidad de los países en desarrollo para beneficiarse de las tecnologías emergentes.
Debate: Fragmentación, oportunidades y la reconfiguración de los mercados globales
En el debate moderado, los panelistas coincidieron en la idea de que el mundo está entrando en un período definido no por la desglobalización, sino por una reconfiguración estratégica. Los flujos comerciales se están transformando rápidamente, aunque los bloques económicos existentes siguen predominando; la tecnología ofrece un enorme potencial, pero también corre el riesgo de acentuar las desigualdades; las instituciones multilaterales están cada vez más desfasadas con la realidad global; y la deuda, el estrés climático y la polarización política limitan el margen de maniobra en materia de políticas públicas.
Werner preguntó a los panelistas sobre las implicaciones para los países en desarrollo. Alfaro enfatizó que la relocalización de la producción no aumentará automáticamente la productividad regional; requiere estabilidad regulatoria, infraestructura e inversión en educación. Latortue señaló que la fragmentación geopolítica está ejerciendo presión sobre los ya frágiles mecanismos de financiación multilateral, lo que dificulta el acceso a los recursos para los países vulnerables. Prasad argumentó que las potencias intermedias se están posicionando cada vez más entre Estados Unidos y China, lo que contribuye a un equilibrio inestable. Johnson advirtió que las presiones proteccionistas a nivel mundial, especialmente en respuesta al auge de las exportaciones chinas, podrían acelerarse. A lo largo del debate, los panelistas coincidieron en que el nuevo orden económico se caracteriza por una reconfiguración continua en lugar de una transición estable, siendo la incertidumbre una característica persistente del panorama global.
Cambios en la geopolítica y el comercio: ¿Qué le espera a América Latina y el Caribe?
La sesión de clausura contó con la participación del expresidente de México, Ernesto Zedillo, en una conversación moderada por Moisés Naím, distinguido investigador del Carnegie Endowment for International Peace, autor de Charlatans (2025) y presentador del programa Efecto Naím. Los ponentes abordaron la erosión del orden internacional de posguerra, el retroceso democrático en América Latina, el auge del populismo y los desafíos en materia de derechos humanos. Basándose en su experiencia como jefe de Estado, responsable de políticas económicas, académico y experto en gobernanza global, Zedillo ofreció una evaluación contundente del momento geopolítico actual: un mundo que se aleja de las normas y se inclina hacia el poder puro, con profundas consecuencias para la democracia y la cooperación internacional.
La erosión de las normas, las instituciones y los controles democráticos
Zedillo argumentó que la inestabilidad actual refleja una ruptura histórica en el orden internacional establecido tras la Primera y la Segunda Guerra Mundial y la Gran Depresión. Un sistema que posibilitó décadas de integración económica, desarrollo y prevención de conflictos. Su debilitamiento, advirtió, ha dado paso a un período en el que el poder prevalece sobre las normas, dejando al mundo expuesto a peligrosos ciclos de conflicto, unilateralismo y un debilitamiento de las normas de contención.
Para Zedillo, el principal problema no reside en las instituciones multilaterales en sí mismas, sino en los gobiernos responsables de su funcionamiento. Instituciones como la ONU, la OMC y otros pilares del orden global flaquean porque los Estados ya no las apoyan ni respetan, ni tampoco impulsan las reformas necesarias para modernizar su gobernanza. Advirtió que reemplazar los marcos multilaterales establecidos por alternativas informales o plurilaterales daría lugar a un mundo anárquico, incoherente e ineficaz, incapaz de gestionar la interdependencia global.
Relacionó el debilitamiento de la gobernanza global con la erosión de la democracia a nivel nacional. Al hablar de México, Zedillo argumentó que el país ya no funciona como una democracia, señalando lo que describió como mayorías absolutas inconstitucionales en el Congreso, el desmantelamiento de la independencia judicial, el control político sobre los organismos electorales, la expansión de las funciones policiales del ejército y las reformas destinadas a bloquear la supervisión constitucional. Estas medidas, según él, equivalían a "un golpe de Estado sin tanques", lo que demuestra cómo el deterioro democrático puede producirse mediante la manipulación institucional en lugar de la fuerza abierta. Estableciendo paralelismos con Venezuela, advirtió cómo la cooptación institucional, el clientelismo y la desmovilización ciudadana pueden afianzar el autoritarismo mucho después de que se hagan evidentes las fallas de gobernanza. Revertir este retroceso, enfatizó, es posible, pero a menudo requiere una resistencia cívica prolongada.
Populismo, ciudadanía y la lucha por una cultura democrática
A lo largo de la conversación, Zedillo subrayó el papel fundamental de los ciudadanos en la defensa de la democracia. Los líderes con tendencias autoritarias a menudo llegan al poder mediante elecciones legítimas, con votantes que parecen ajenos a los abusos, que adoptan discursos polarizadores o que se conforman con promesas vacías. Zedillo insistió en que la educación cívica no ha logrado enseñar a los ciudadanos sus obligaciones ni sus derechos, y que este fracaso ha permitido que los votantes apoyen a líderes que desmantelan las garantías democráticas.
Naím presentó su marco de las "Tres P": Populismo, Polarización y Posverdad, como explicación del debilitamiento de las democracias. Afirmó que, cuando los ciudadanos perciben que sus gobiernos no cumplen con sus expectativas, los líderes suelen intentar mantener su apoyo mediante la división y la desinformación. Según Zedillo, esta explicación no abarcaba todos los casos, citando países como Polonia, donde el populismo ha crecido incluso durante períodos de extraordinario desempeño económico. Ambos concluyeron que la erosión democrática suele comenzar cuando a los líderes políticos les resulta más fácil movilizar el resentimiento que gobernar con eficacia.
En este debate quedó claro que los hábitos cívicos, la capacidad institucional y los incentivos políticos convergen para determinar la solidez de una democracia. Cuando las normas democráticas son débiles, las sociedades son más vulnerables a la retórica populista. A medida que las instituciones se debilitan aún más, aumenta la fragilidad, lo que brinda oportunidades a los líderes que buscan concentrar el poder y explotar dicha inestabilidad. Zedillo advirtió que la democracia solo triunfará cuando la sociedad sea capaz de afrontar el desafío de la polarización y la manipulación.
Derechos humanos, modelos de seguridad, intervencionismo y gobernanza climática
Zedillo también abordó el creciente atractivo de los modelos de seguridad punitivos y de tendencia autoritaria en América Latina. En respuesta a preguntas sobre El Salvador, rechazó los enfoques basados en la tortura, el encarcelamiento masivo o la suspensión del debido proceso. Argumentó que, incluso cuando tales medidas parecen efectivas a corto plazo, debilitan el Estado de derecho, violan los derechos humanos y no logran establecer una seguridad sostenible. Instó a los gobiernos a tener en cuenta los factores externos, incluidas las prácticas de deportación de Estados Unidos que devuelven a personas con antecedentes penales a estados frágiles sin mecanismos de reintegración, lo que ha contribuido a los ciclos de violencia en toda Centroamérica.
En cuanto a la participación de Estados Unidos en la política regional, Zedillo advirtió que el intervencionismo ha demostrado ser contraproducente en repetidas ocasiones. Recordó el intento de golpe de Estado de 2002 en Venezuela, donde las acciones diplomáticas estadounidenses, sin querer, aceleraron el regreso de Hugo Chávez al poder y fortalecieron su control. En todo el hemisferio, argumentó, la presión extranjera a menudo ha otorgado legitimidad interna a los autócratas al proporcionarles un enemigo externo contra el cual movilizar a la población.
La gobernanza climática representó otra área en la que Zedillo observó tanto avances como estancamiento. Expresó gran preocupación por el estancamiento de las negociaciones internacionales sobre el clima. Criticó el Acuerdo de París por carecer de dos componentes esenciales: un precio global del carbono implementado de forma progresiva y equitativa, y mecanismos de cumplimiento creíbles. Sin embargo, se mostró cautelosamente optimista respecto a los avances tecnológicos, señalando que la disminución de los costos de las energías renovables ha creado nuevas oportunidades para la reducción de emisiones. El principal obstáculo ya no es la innovación, sino la voluntad política y el debilitamiento de las estructuras multilaterales diseñadas para coordinar la acción global.